Suena mi alarma, aún es oscuro el cielo, pero ya es hora de que comience mi día. Después de mi rutina, me encuentro bajando del lomerío del Valle de México, hacia el resto de la ciudad. La vista se va develando, y pronto, el perfil del Valle es legible, claro, hermoso. Amanece la ciudad, y de un tímido violeta se torna rosa el cielo, y rápidamente se incendian las pocas nubes que cuelgan de la bóveda celeste, en rojos y naranjas de flamas, en un amarillo intenso y cegador. Son pedazos de hoja de oro que están suspendidas sobre el valle, arrugados delicadamente, que enmarcan al eje de composición que hacen tan impresionante los amaneceres y atardeceres en esta ciudad de los volcanes.

¿Cómo puede dudar uno que en esta tierra se originó hace siglos un culto al fuego y a la sangre, cuando se ven los volcanes enmarcar la salida del sol? La vista me conmueve, me prepara para un nuevo día, en el que una vez más recuerdo aquella leyenda de los enamorados, ahora petrificados, mujer blanca y hombre humeante. Sin embargo, volteo a mi alrededor, hay más montañas, veo a lo lejos el Xinantécatl, el Ajusco, el Cerro de la Estrella, el Tepeyac, y decenas de otros que no sé nombrar. Nuestra ciudad está acurrucada en un nido de topografía, aislada en un límite visual que es tan, pero tan particular a los capitalinos. ¿Será eso una razón de por qué me siento disperso en otras ciudades, acostumbrado a sentirme condensado por volcanes?

Es indudable, algo tendrá que influir esta condición de acogimiento en nuestra psique urbana, no puede pasar desapercibida del todo. Ni siquiera por la gente que me acompaña en el camión que baja a la cuenca en la madrugada, todos ellos con los ojos cerrados, o con la mirada clavada en el parabrisas, insensibles al espectáculo que al oriente ocurre, esa danza de tierra y fuego.
Sergio Beltrán
Sergio Beltrán






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