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Ritmos de una ciudad
Me dí cuenta que dormido en cama, trabajando en una oficina, o estudiando en un aula, no eran realmente formas adecuadas de vivir la mañana. Decidí entonces darme un chapuzón fuera de la rutina: salir a disfrutar la iluminación, los sonidos, y el clima, que sólo una mañana a la intemperie te da.

Así que salí de clase, crucé el patio de la universidad, compré un café, y le pedí a Lulú que me acompañará en mi expedición. Caminamos por las empedradas calles de San Ángel hasta llegar a la calle de Árbol, donde dimos a la derecha, y luego a la 2ª Cerrada de Frontera, donde dimos a la izquierda. Y entonces llegamos: la Plaza de los Arcángeles, y la mañana que la cubría, nos recibían con belleza singular.
En medio de unas seis casas típicas “san angelinas” está este rinconcito de la Ciudad. “Más vale la gracia de la imperfección que la perfección sin gracia”, está tallado en una piedra en la entrada sur-poniente de la plaza; buen preludio para adentrarse a las leyes que rigen a este pequeño oasis de bugambilias, bancas y fuentes. El silencio es casi absoluto, a excepción del cantar de los pájaros o el caer del agua de la fuente. Es un lugar en el centro del caos urbano, pero completamente aislado: a la distancia se observa un edificio moderno, pero este pertenece, sin duda, a otra realidad. 
Caminamos alrededor de la plaza, probando cada una de sus tres bancas de cantera, nombradas como arcángeles: San Miguel, San Gabriel, y San Rafael. Encontramos una guarida secreta, en donde conocimos a Don Sabino – el “poli” contratado por los vecinos para proteger el lugar – y a sus tres fieros canes alemanes; nos fumamos un cigarro con él, y seguimos nuestro recorrido. Finalmente llegamos a la fuente que está en el centro e hicimos justo lo que nos había motivado a venir: nos sentamos en la fuente a ver, escuchar, y sentir, las formas de la mañana.

Y así, en medio de la frondosidad de verde y lila y la sensación omnipresente de lo colonial, con mi cabeza en las piernas de Lulú, mi espalda sobre el borde de la fuente, y mis brazos sobre el aire, puedo decir, orgullosamente, que viví esa mañana.

El Camerado Willy

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