Son los organillos ubicuas rocolas de nuestra ciudad; y los hombres que los paran y tocan, herederos de la tradición

No mentiré. Más veces que menos camino con los audífonos puestos. Reflexiono mejor con las musas susurrándome; no obstante el aislamiento auditivo, cada vez que una parvada de chiflones se escapan del organillo para interrumpir mis pensamientos con su ligero vuelo, me encargo de cazar la gorra marrón que flota- a veces circulando, a veces encima de la caja coja de flautas- para dejar caer una moneda dentro de su acolchonado interior.
¿Por qué la incongruencia? Hasta los organilleros pausan sus ciclos y sonríen incómodamente cuando me acerco con un audífono todavía puesto y dejando caer una pieza de riqueza y suelto un “gracias”, que por no querer alzar el volumen de mi voz oigo sólo a medias. Hago este gesto absurdo no por caridad sino por veneración a la labor de los organilleros.
¿Por qué la incongruencia? Hasta los organilleros pausan sus ciclos y sonríen incómodamente cuando me acerco con un audífono todavía puesto y dejando caer una pieza de riqueza y suelto un “gracias”, que por no querer alzar el volumen de mi voz oigo sólo a medias. Hago este gesto absurdo no por caridad sino por veneración a la labor de los organilleros.
Estos hombres existían antes de nosotros y, quizá para molestia de algunos, todavía se encuentran por doquier. Dirán que son una molestia, algunos, y los pensarán méndigos quienes les cierran el vidrio en los altos. Sin embargo, para el peatón con sensibilidad, los silbidos que emanan del cajón de pipas en cada calle y plaza cobran un significado más allá del sospechado ya que estos son los que se encargan de tocar el tema de fondo de la ciudad de México.
Quiero suponer que en alguna época, quizá no muy remota, antes de que sus uniformes se destiñeran o se opacaran – nunca he sabido mucho de textiles – antes de que las letras doradas en la caja perdieran su lustro, dentro de la caja había un mecanismo indescifrable y folklórico que operaba las pipas para que se pudiera cantar un “Cielito Lindo” o una “Adelita” al caminar por un lado. Pero el tiempo ha prescindido de estas melodías; las ha adaptado al medio y las ha tornado humildes para que ahora se aprecie una lluvia de silbidos más o menos caóticos que caen al fondo de la partitura y fungen como la verosímil música de fondo de nuestro Distrito Federal.
Quizá nunca han importado tanto estos instrumentos y sus músicos como ahora. Son los organillos ubicuas rocolas de nuestra ciudad; y los hombres que los paran y tocan, herederos de la tradición que se ha transformado en el acompañamiento a todo episodio que se pueda dar (y se da) en el constante choque y encuentro de seres y haceres de nuestra ciudad.
Quiero suponer que en alguna época, quizá no muy remota, antes de que sus uniformes se destiñeran o se opacaran – nunca he sabido mucho de textiles – antes de que las letras doradas en la caja perdieran su lustro, dentro de la caja había un mecanismo indescifrable y folklórico que operaba las pipas para que se pudiera cantar un “Cielito Lindo” o una “Adelita” al caminar por un lado. Pero el tiempo ha prescindido de estas melodías; las ha adaptado al medio y las ha tornado humildes para que ahora se aprecie una lluvia de silbidos más o menos caóticos que caen al fondo de la partitura y fungen como la verosímil música de fondo de nuestro Distrito Federal.
Quizá nunca han importado tanto estos instrumentos y sus músicos como ahora. Son los organillos ubicuas rocolas de nuestra ciudad; y los hombres que los paran y tocan, herederos de la tradición que se ha transformado en el acompañamiento a todo episodio que se pueda dar (y se da) en el constante choque y encuentro de seres y haceres de nuestra ciudad.


No todos los notan, no todos los aprecian, pero si desaparecieran dejarían un vacío en el sueño sonoro que se desenvuelve para todos los que se trasladan de la manera más natural al humano. Por eso yo elijo mantener la tradición musical con una moneda a cada hombre que viste el solemne traje marrón haciendo girar la caja de música al ritmo que gira el mundo.
Más veces que menos camino sin escuchar la voz de la ciudad, pero cuando uno de sus susurros me traspasa me doy cuenta que nunca quiero que enmudezca, y mantenerla hablando me cuesta tan sólo una moneda.
Esteban Sánchez
Más veces que menos camino sin escuchar la voz de la ciudad, pero cuando uno de sus susurros me traspasa me doy cuenta que nunca quiero que enmudezca, y mantenerla hablando me cuesta tan sólo una moneda.
Esteban Sánchez

Nombre
Comentó el Viernes, 1 Octubre, 2010.
Cierto es un arte folklórico y nostalgico que merece nuestro apoyo.





Participa en la discusión