Los patios hundidos solían ser piezas fundamentales en la configuración de una ciudad precolombina y se encuentran en la mayoría de los centros ceremoniales que sobreviven. Son espacios que no pueden ser apreciados con la vista, pues, en contraste con una pirámide u otra edificación mesoamericana, resultan insípidos para la mayoría. No, con los ojos no; hay que sentirlos con los oídos y con el cuerpo, como uno siente la arena al enterrarse en la playa. En las alturas mixtecas de Mitla, se descubre un patio hundido sensacional. Al descender sus escaleras, hasta el más ruidoso de los turistas súbitamente se sorprende, callado, con una sensación de profundo acogimiento, protección, y de aislamiento. Se puede hacer lo que sea, sin ser escuchado, observado, o lo que más nos paraliza, juzgado.

Dos grandes avenidas, una presume pertenecer al camino más largo del continente, y la otra resguarda la traza de un acueducto que abasteció la antigua ciudad de México Tenochtitlán; Me refiero a Insurgentes y Chapultepec, como hoy los conocemos, y en su corazón late la Glorieta de los Insurgentes. Es un nodo singular, que conecta metrobús, metro, taxi, peatón y automóvil, y que más allá de su jerarquía vial, es una incubadora de expresión chilanga.
Nos cuenta el Sereno, una estatua de bronce erigida en la glorieta, que desde el 3 de noviembre de 1792, el día en que oficialmente se inaugura la seguridad pública en la Nueva España (y por consecuencia consigue su chamba), ha sido pendiente testigo de la vida secreta de las poblaciones desprestigiadas de la urbe.

Es un nodo singular, que conecta metrobús, metro, taxi, peatón y automóvil, y que más allá de su jerarquía vial, es una incubadora de expresión chilanga.
“Las zonas”, nos cuenta el Sereno, cuyo trabajo es vigilar el bienestar ciudadano, “están claramente definidas. Al norte están los homosexuales, al oriente los emos, al sur los ancianos abandonados, y al poniente, los hombres bicuriosos. Al perímetro, los policías y algunos antorchistas, y fuera de la glorieta: miles de viajeros que nunca miraron adentro para enterarse, sordos bajo el claxon del tránsito.”
Uno, desconfiado, da la vuelta para observar. Apoyados en el mármol de las paredes de la estación Insurgentes, hay tres que cuatro pares de hombres acurrucados, pública y desinteresadamente mostrando afecto. Alrededor de ellos flota una parvada de buitres (de esos que siempre hay en las ruinas) con saco y corbata, pendientes de reojo. Más adelante, punketos, emos y metaleros conversan, y detrás de ellos hay un grupo de hienas uniformadas, pendientes con macana en mano. Detrás, un grupo de anarquistas queriendo cazarlos. Es una tensión de observador-actor, un ejercicio de voyeur social, especialmente para los ancianos, que observan con almas de cartón húmedo.
Bien sabe nuestra sangre ancestral que en los patios hundidos la impertinencia nadie la ve, nadie la escucha y nadie la juzga.
texto: Sergio Beltrán
video: Alo Gorozpe
Uno, desconfiado, da la vuelta para observar. Apoyados en el mármol de las paredes de la estación Insurgentes, hay tres que cuatro pares de hombres acurrucados, pública y desinteresadamente mostrando afecto. Alrededor de ellos flota una parvada de buitres (de esos que siempre hay en las ruinas) con saco y corbata, pendientes de reojo. Más adelante, punketos, emos y metaleros conversan, y detrás de ellos hay un grupo de hienas uniformadas, pendientes con macana en mano. Detrás, un grupo de anarquistas queriendo cazarlos. Es una tensión de observador-actor, un ejercicio de voyeur social, especialmente para los ancianos, que observan con almas de cartón húmedo.
Bien sabe nuestra sangre ancestral que en los patios hundidos la impertinencia nadie la ve, nadie la escucha y nadie la juzga.
texto: Sergio Beltrán
video: Alo Gorozpe

Es una tensión de observador-actor, un ejercicio de voyeur social, especialmente para los ancianos, que todo el día observan con almas de cartón húmedo para sólo salir de noche a mendigar en las calles de la Zona Rosa.







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