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Ritmos de una ciudad
¿A dónde se habrán ido?
 
 Por alguna extraña razón, las calles de nuestra Ciudad ya no son las de antes. Al caminar y transitar por ellas se emana un sentimiento de desasosiego y de foraneidad. Es posible que hayan pasado varios meses en donde este sentimiento me desbordaba. Y yo, tal perro sin dueño, miraba a diestra y siniestra, a norte y sur, al cielo y subsuelo, en busca de una respuesta lógica dentro de esta selva ilógica. Mi tímida mente formulaba preguntas buscando la respuesta a esta ecuación; pero simple y sencillamente lanzaba estas preguntas sin tino alguno, esquivando el blanco una y otra vez.

Y fue un domingo por la noche cuando encontré la respuesta a mis plegarias…

Mi mente, a falta de un vocabulario extenso e intelectual, simplemente sintetizó mis ideas e inmediatamente me vi obligado a expresar con mexicanísimo destello y asombro, “¡A chingá! Si es cierto, ¿a dónde se fueron todos los taxis verdes de la Ciudad?”.
Un peso que arrastraba desde hace unos cuantos meses se me había quitado de encima. Y ahora entendía porque no me levantaba con la energía de siempre, y porque la colonia Condesa se veía afligida, y porque el Anillo Periférico se mostraba un tanto descolorido, y porque las múltiples fotos de extranjeros visitando la Ciudad parecían inconclusas y desteñidas. Y es que los vochos y tsurus verdiblancos, tan menospreciados pero siempre puntuales, incansables e inagotables, se habían ido. Esos que se resistían al cambio tecnológico y que se pavoneaban por las calles exhibiendo sus plumajes de antaño, sus curvas y su geometría, habían desaparecido. Ya no estaban esas bestias de carga arrastrando sus carrocerías pesadas por las calles y avenidas desfiguradas de la ciudad, esas bestias que atentamente respondían a un chiflido despampanante, proseguido por un grito de socorro: ¡¡Taxi!! Esos cuadriciclos motorizados simplemente ya no se avispaban tan comúnmente como antes; es más, pareciera que ya no se avispaban en lo absoluto.

Vochitos y tsurus habían sido victimas de una cacería de brujas por parte de las agencias automotrices, que en base a una guerra desmedida en créditos y a una amplia gama de facilidades para adquirir un automóvil último modelo, se habían llevado entre las patas a nuestros estimados taxis. Como consecuencia, estos ya han sido declarados como una especie en peligro de extinción por fuentes no oficiales.

¿Será tarea de la ciudadanía traerlos de regreso? ¿Deberá el gobierno de Marcelo Ebrard emprender un plebiscito en torno al tema? ¿De hacer esto, ganaría votos para la presidencia nuestro querido Chelo? ¿Existirá un cementerio escondido en los lugares mas oscuros y desolados de la ciudad, lleno de cadáveres inertes de un ejército uniformado verdiblanco, ahora despojado e inmóvil, añorando a sus pasajeros?

Estas y muchas mas preguntas en torno al tema circulan dentro de mi cabeza tal cual taxis en busca de pasaje.

Los minutos para que mis clases den inicio se acortan y me apresuran. Me encamino al espejo a afinar los detalles de mi atuendo, levanto mi mochila, y entusiasmado llamo a un sitio de taxis, esperando que ese regordete y escandaloso vocho me de asilo en sus entrañas. Pero en lugar de mi viejo amigo, un pálido cuadrúpedo, de facciones ambiguas, se detiene frente a mi: su conductor baja la ventana por medio de un botón eléctrico, en lugar de la típica manija giratoria. Me mira con sorpresa, lo miro con desesperanza. Pregunto: ¿Taxi? Responde: Sí. Me trepo con desconfianza a esta bestia moderna y desconocida, y me encamino con mi cámara lista para disparar en caso de que un tacho de los de antes se deje entrever por las arterias de esta Ciudad.

Gecko
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